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De Relatos y Cine
Pequeño espacio para hablar sobre relatos, cine y, de vez en cuando, narrar algún cuento.

Archivo: Febrero 2007

14/02/2007 GMT 1

No dejaba de llover

abdion @ 03:26

La lluvia se afanaba en mantener la apariencia de uno de los peores días, ni siquiera era una de esas tormentas exuberantes que te permiten contemplar la bella fuerza de la naturaleza, nada que ver, era una constante lluvia ligera, que cubría el cielo con un horroroso manto negro, acompañada con un viento que impedía cualquier intento de protección.

Pero no, lo importante no era la lluvia, por más que el título se empeñe en creer en ella. El día era horroroso. La lluvia, esa lluvia, era la guinda necesaria para que al llegar a casa estuviera totalmente mojado tras un día digno de ser olvidado.

Como todo día malo, comenzó con buen pie. Una buena noticia abría el telediario de la mañana. Piénsenlo bien: ¿Cuantas veces han visto una buena noticia como primera nota de un noticiero? Ni siquiera en La 2 pasa eso a menudo. En fin, cometí el gran error de tomar por el lado bueno la vida y salí decidido de casa para que todo salga bien. Como un día cualquiera, pero con una sonrisa.

La gente lo nota. Ve que estás bien, y eso les disgusta. No soportan la felicidad ajena a no ser que aparezca en la prensa rosa, que es quien decide qué personas merecen ser admiradas u odiadas, cuestión que está relacionada con el dinero que ganan, la forma en que viven, y lo poco que cobran por exclusivas en pueriles programas de desinformación masiva y morbo creciente.

Los compañeros del curro no dejaron pasar un minuto en bromear. A mi costa, por supuesto. Se lo pasaban bien, y ¿quién soy yo para cortarles la diversión? Les seguí el juego. Eso molestó al bruto de Iñaki. Siempre tan irascible, siempre tan dispuesto a la bronca, siempre tan burlón con los demás. Salvo con su mujer cuando la misma está presente. Es un calzonazos. En fin, el sujeto en cuestión, imitando al Señor Furia de Mystery Men, pero sin la gracia que te hace el sujeto ese. En fin, a lo que iba: Iñaki se puso de mala ostia y no dejó de joder durante todo el santo día, y perdonen el lenguaje, pero realmente resulta cansino tras más de ocho horas de tener un moscón fastidiando con el único objetivo que dejes de sonreír. Y todo por envidia, y de la más cochina. En la calle, seguía lloviendo.

Pero no, eso no volvió al día malo. Resultaba, al comienzo, hasta divertido verle tan indignado, dispuesto a tocar las narices, y vive dios que al final lo consiguió. Manda narices. Pero no, no fue hasta el final que la reiteración de las bromas pesadas e infantiles de Iñaki contribuyeron a llenar el vaso que la lluvia, presente durante todo el día, colmó.

En el almuerzo nada pasó como debía, desde la comida errada, hasta el abuso de un picante que me produjo una extraña alergia que aún me rasco, por más cremas que me hecho. La compañía no fue nada buena, para colmo. Una comida imposible de disfrutar. Es el gran problema de tener jefes que se comportan como unos verdaderos explotadores y que creen que “acercarse a los trabajadores” es bajar a comer a la cafetería del edificio donde curramos de vez en cuando y fastidiar el almuerzo a todos los compañeros. Sobre todo cuando sólo estábamos 5 y al jefe se le ocurrió hacerse un hueco en nuestra mesa.

En fin, tras la comida, y la pequeña visita al médico de urgencias que tuvo la poca deferencia de no cursar una baja para el resto de la tarde, y la insistencia del jefe de que somos un equipo y que soy tan importante que no pueden prescindir de mí -un simple administrativo- ni un par de horas si no es estrictamente necesario -y que agradezca que esa hora en el ambulatorio no me lo van a descontar-, y como el médico decía que sí podía trabajar, pues nada, que eso de la tarde libre ni que me lo planteara, volví a mi puesto de trabajo, listo a currar y rascarme a partes iguales, ambas cosas concentraban casi el cien por cien de mi cansada consciencia.

Al poco rato de llegar al trabajo, cuando estaba ya casi seco de la constante lluvia que me tocó, una vez más, cruzar, y tras rascarme unos minutos ante el PC lleno de "espías" gracias a trabajar en una estación con un sistema caduco en su planteamiento, me dirigí a la máquina fotocopiadora, que está en una habitación propia, separada de nuestro departamento -es de uso común de varios departamentos-, y grande mi sorpresa cuando encontré a la que llamaba, hasta entonces, “cariño” y presentaba como “mi novia”, enrollándose con uno de los lameculos del jefe. En serio, hubiera preferido que se líe con el jefe, con cualquiera del trabajo -hasta con Iñaki- antes que lo hiciera con el pelota. Una trepa peor que el pelota.

No dije nada, no monté el pollo ni mucho menos. Ella comenzó a suplicar perdón primero, y luego a gritarme por lo “poco hombre” que era al no decir ni pío. ¿Qué quería que dijera? ¿Qué podía hacer? Ella había roto la relación, mejor dicho, yo había descubierto que ella no cumplía con su parte. No había nada que mencionar o precisar en ese momento. No me interesaba por qué narices se acostaba con otro, puesto que su vida sexual dejaba de resultar interesante ante mis ojos, en tanto que yo ya no sería parte de la misma. Y eso le sentó mal. Y fue peor que gritarle, pedirle explicaciones, o partir la cara al mamón del pelota. Mucho peor. Sumaba una nueva mosca cojonera a quienes, de una forma u otra, buscaban joderme. Y ya Iñaki comenzaba a exasperarme. En la calle, seguía lloviendo.

El día, entre personas comentando nuestra ruptura y contándose los gritos que nunca pegué, las palabras que nunca se pronunciaron y las cosas que se supone que ella me hizo y que yo le hice -hasta me enteré que me acostaba con la ex del pelota y con la hija del jefe, y yo sin saberlo-, transcurría sin demasiadas novedades. Hasta que se agotó el último de los toners. El jefe, que cuando un departamento que le cae bien falla, culpa a otro, decidió que los de mi zona éramos el demonio gastador de toner -en un día que ni usamos la impresora- y me tocó ir por uno “mientras tanto” de una gran superficie.

Pensé que estaba bien, que así me relajaba una media hora. Seguía lloviendo. Se me olvidó que el buen día no era tan bueno y que los chorizos no descansan los días de lluvia. Abnegados son quienes se dedican a robar, no dejan pasar ningún día, no existen festivos ni malos días para el trabajo de campo. Un robo normal y corriente, salvo por el hecho de que el dinero dado por el jefe se fue a la porra y tuve que ir a la comisaría para realizar la denuncia y demás. Y apareció el jefe en el local de la policía, y decidió contar jocosamente cómo me habían dejado ese día ante toda la empresa como justificación de mi idiotez por dejarme robar. Las miradas de los policías de “no me importa o concierne, pero eres un pringado” me penetraron como el mayor de los insultos. Las risitas que alguno soltó -más por la forma en que lo contaba el jefe, hay que reconocerlo- me ofendieron más que la propia infidelidad. Una tontería, lo sé. Pero el subconsciente no es razonable.

¿Qué más les puedo decir del día? El metro falló, el paraguas se rompió por completo, la lluvia me empapó, el casero decidió visitar el piso para comprobar que todo estaba como era debido, la lluvia seguía y seguía tocando, ahora sí, las narices, y la televisión, que nunca da nada bueno, decidió no dar nada más, se estropeó la condenada, privándome del último reducto de desconexión a un puñetero día que, de haberlo sabido, habría evitado que comenzara.

Así es la vida. O eso dicen.

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El enemigo, un profesor

abdion @ 02:00

- No sé por qué pierdo el tiempo con ustedes, nunca llegarán a nada - espetó un furibundo profesor tras tragarse una simple broma. Nos odiaba, a toda la clase. Ni siquiera el sobón de la clase se salvaba, hasta al más nerd de todos le caía palo un día sí y otro también, y sin siquiera abrir la boquita.

No éramos una buena clase, apenas el profesor nos insultó, la mitad del aula comenzó a carcajearse, mientras la otra mitad no hacía absolutamente nada de caso, ni siquiera se habían enterado del grito del profesor. Llevaban todo el año sin siquiera levantar la mirada hacia el tan pesado profesor, no les interesaba un pimiento ni la clase ni la asignatura ni nada que pudiera oler a escolar, salvo que se tratara de alumnos u alumnas, según la preferencia de cada quien.

El profesor, como no podía ser de otra forma, se indignó aún más. Imperdonable que esos chibolos de los huevos fueran tan insolentes, no aprenderían nada, jamás, y no sería culpa suya. Se repetía una y otra vez, mientras la ira aumentaba en el rostro del preocupado profesor, que no sabía cómo reaccionar ante las risas.

- Nada, no serán nada. Unos fracasados ahora y siempre - repitió con toda fuerza. Esta vez sí llamó la atención de todos. Rojo, lleno de odio, con una mirada cristalizada por el fracaso al imponer una autoridad que se presupone, pero debe ganarse de todas formas.

- ¡Anda nomás! - gritó alguien desde el fondo de la clase. Todos nos reímos.

Esta sí fue la gota que colmó el vaso. El indignado maestro salió de la clase dando un portazo mientras murmuraba algo que no pude oír.

¿Y ahora qué hacemos? Parecían decir muchas de las miradas. Otros volvían a lo suyo, a hablar entre sí, a dibujar en sus cuadernos, a copiar el trabajo que debíamos entregar en la siguiente clase o, simplemente, a dar una cabezadita sobre el escritorio, que a estas horas de la mañana entra el sueño.

La líder de la clase -una presumida que se creía líder, mejor dicho- se paró sobre su silla y comenzó un discurso recriminando al profesor, la falta de profesionalidad, el poco aguante ante una simple broma, y lo malo que era dando la lección cada día, incapaz de enseñarnos nada. Se merecía que lo despidieran, debíamos, decía con vehemencia, conseguir el cese definitivo del profesor. Se iba a enterar quiénes éramos nosotros, remató al final.

La clase la escuchó atentamente, mientras tanto yo me preguntaba quiénes éramos nosotros. Detesto a esa tipa. De verdad. Es demasiado pesada, presumida, creída, según ella y toda su cohorte de subnormales seguidoras, la última chupada del mango. Pero al parecer en la clase caló su mini discurso de rebelde sin causa. De esos que realmente creen que los de Erreway o Rebelde son “rebeldes”, “rompedores” o lo que esa gente se crea. Por suerte no hubo aplausos, pero sí algún vítor acá y allá, algunos de esos «huelga» o «se va a enterar el profesor». La cosa se salía de madres, no cabía duda alguna.

Ya no éramos niños, pero a veces nos comportábamos como tales. Cierto, la broma fue graciosa, una tontería con la que un buen profesor se reiría un rato, en privado eso sí, tras reprendernos levemente y hablarnos sobre la responsabilidad y el cuidado del mobiliario de clase, y todo eso que, un buen profesor, puede aprovechar como elemento educativo. Pero, como descargo para el antipático profesor, cabe destacar el poco caso que le hacíamos, y la cantidad de bromas que le gastábamos. Lo humillamos más de una vez, no me cabe duda. Esto fue la gota que colmó el vaso.

La líder decidió ir a hablar con la directora, se hacía la indignada, incluso parecía que realmente se creía su propia indignación que pensaba que tenía razón en el discurso que daría a la directora del colegio -otra bruja, todo sea dicho-, en el cual reclamaría, reclamaríamos, el inmediato despido de ese mal profesor, y que nos pusieran uno que sí conectara con nosotros -¿existiría eso?-. Lo que es peor, estaba convencida que la directora aceptaría nuestras condiciones sin rechistar mucho.

Lo que viene a partir de ahora me lo contaron, yo no me tomé el trabajo de levantarme de mi cómodo pupitre, aproveché el tiempo libre para conversar un poco y comerme un sánguche. Un pequeño grupo acompañó a la líder hasta la dirección, donde se encontraron, en la puerta del despacho, al profesor lleno de furia conversando con una directora que asentía con la cabeza.

Esto enfureció a la pequeña manada de alumnos, el traidor profesor estaba hablando con la bruja, seguro que le metía malas ideas sobre nosotros que dificultarían, el última instancia, la despedida de un mal profesor. La líder, con furia en los ojos -siempre según cuentan las historias- corrió a interrumpir a la pareja, se puso a vociferar lo ocurrido, resaltando los gritos del profesor y su retirada de clase, reclamando nuestro derecho a la educación y mucho más floro lleno de insultos, improperios, palabras malsonantes y demás, contra un profesor que se enrojecía de pura cólera ante una alumna más o menos ejemplar que él llegó a creer de los alumnos “salvables”, junto con el nerd, el sobón y alguno más, de una clase que debía arder en el infierno, como poco.

La discusión fue aumentando en tono y malas formas, el profesor acusaba a todos los alumnos de borregos incapaces de seguir una clase, y la líder le recriminaba lo mal profesor que era, y el abandonar la labor docente por una simple y divertida broma.

La directora, increíblemente, no decía ni pío. Hasta que le cayó palo. A la líder se le ocurrió decir que todo era culpa de la mala dirección, incompetente para formar un buen equipo de profesores. Esto tocó la fibra sensible de la anticuada directora del centro, que se puso a chillar, la líder calladita se quedó, ante la posibilidad de verse expulsada y a sabiendas que había metido la pata en redondo al decir eso de la directora.

Aquí las historias comienzan a contradecirse, nadie sabe bien qué es lo que pasó, la cohorte prefirió alejarse del fuego cruzado dado entre el profesor, la directora y la alumna, así que no pudieron escuchar bien el griterío. Eso sí, todos coinciden en que nadie daba su brazo a torcer.

¿El resultado de esta historia? Nuestra clase castigada, al completo, por unas cuantas semanas sin recreo -y todo por no acusar a quien realizó la broma-, la líder fue expulsada por unos cuantos días -por los gritos contra la dirección- y el profesor fue cambiado de clase. El nuevo maestro se dedicaba a leer el libro de texto -por tanto, era peor que el anterior-, con lo cual jamás aprendimos las lecciones que en teoría debíamos asimilar.

¿Se esperaban algo más especial? ¡Pero bueno!

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Perdone las molestias

abdion @ 01:56

O Manual para Tontos de cómo escribir la primera entrada de una Bitácora o Blog sin parecer un verdadero idiota.

Capítulo Uno: No escriba “Hola Mundo”, si su sistema de bitácoras le recibe con un afectuoso “Hola Mundo” sepa que es por sana costumbre informática, o deformación profesional de unos enanitos verdes que controlan el Universo bloguero. No lo mantenga más del tiempo necesario, bórrela inmediatamente.

No escriba (tampoco) “Hola Papá, Mamá, y todos los que me manyan” o similares. Por favor, no haga que sus visitantes se sientan como en un programa sacado de las crónicas de la prensa chicha. En serio.

Capítulo Dos: No intente, por ningún motivo, hacerse el bacancito contando paridas y media sin previa presentación, las presentaciones, aunque no lo parezcan, son un roche necesario, sobre todo cuando la gente no te ve. Y no, esa foto en la esquina superior no equivale a verle la cara a quien escribe unas líneas. Para nada.

No intente escribir una parrafada como la presente, en este momento, como bien se da cuenta, estoy vulnerando el capítulo dos del Manual que en estos mismos momentos redacto. Sí, soy un idiota, no repita mis errores. Aprenda leyendo.

Capítulo Tres: Sea original, pero sólo un poco. No queme todos sus cartuchos en una inútil entrada que sólo los cuatro gatos que usted llama amigos leerán. Recuerde, usted, por ahora, no es nadie. Aunque lo sea dentro de poco, aunque en la Vida Real ™ sí lo sea. En el momento que escribe la Entrada Número Uno de su Primera Bitácora (esto es importante) compórtese como una sombra de usted mismo.

Capítulo cuatro:
No haga esto (vea el capítulo dos, que me repito), queda francamente idiota.

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