No dejaba de llover
La lluvia se afanaba en mantener la apariencia de uno de los peores días, ni siquiera era una de esas tormentas exuberantes que te permiten contemplar la bella fuerza de la naturaleza, nada que ver, era una constante lluvia ligera, que cubría el cielo con un horroroso manto negro, acompañada con un viento que impedía cualquier intento de protección.
Pero no, lo importante no era la lluvia, por más que el título se empeñe en creer en ella. El día era horroroso. La lluvia, esa lluvia, era la guinda necesaria para que al llegar a casa estuviera totalmente mojado tras un día digno de ser olvidado.
Como todo día malo, comenzó con buen pie. Una buena noticia abría el telediario de la mañana. Piénsenlo bien: ¿Cuantas veces han visto una buena noticia como primera nota de un noticiero? Ni siquiera en La 2 pasa eso a menudo. En fin, cometí el gran error de tomar por el lado bueno la vida y salí decidido de casa para que todo salga bien. Como un día cualquiera, pero con una sonrisa.
La gente lo nota. Ve que estás bien, y eso les disgusta. No soportan la felicidad ajena a no ser que aparezca en la prensa rosa, que es quien decide qué personas merecen ser admiradas u odiadas, cuestión que está relacionada con el dinero que ganan, la forma en que viven, y lo poco que cobran por exclusivas en pueriles programas de desinformación masiva y morbo creciente.
Los compañeros del curro no dejaron pasar un minuto en bromear. A mi costa, por supuesto. Se lo pasaban bien, y ¿quién soy yo para cortarles la diversión? Les seguí el juego. Eso molestó al bruto de Iñaki. Siempre tan irascible, siempre tan dispuesto a la bronca, siempre tan burlón con los demás. Salvo con su mujer cuando la misma está presente. Es un calzonazos. En fin, el sujeto en cuestión, imitando al Señor Furia de Mystery Men, pero sin la gracia que te hace el sujeto ese. En fin, a lo que iba: Iñaki se puso de mala ostia y no dejó de joder durante todo el santo día, y perdonen el lenguaje, pero realmente resulta cansino tras más de ocho horas de tener un moscón fastidiando con el único objetivo que dejes de sonreír. Y todo por envidia, y de la más cochina. En la calle, seguía lloviendo.
Pero no, eso no volvió al día malo. Resultaba, al comienzo, hasta divertido verle tan indignado, dispuesto a tocar las narices, y vive dios que al final lo consiguió. Manda narices. Pero no, no fue hasta el final que la reiteración de las bromas pesadas e infantiles de Iñaki contribuyeron a llenar el vaso que la lluvia, presente durante todo el día, colmó.
En el almuerzo nada pasó como debía, desde la comida errada, hasta el abuso de un picante que me produjo una extraña alergia que aún me rasco, por más cremas que me hecho. La compañía no fue nada buena, para colmo. Una comida imposible de disfrutar. Es el gran problema de tener jefes que se comportan como unos verdaderos explotadores y que creen que “acercarse a los trabajadores” es bajar a comer a la cafetería del edificio donde curramos de vez en cuando y fastidiar el almuerzo a todos los compañeros. Sobre todo cuando sólo estábamos 5 y al jefe se le ocurrió hacerse un hueco en nuestra mesa.
En fin, tras la comida, y la pequeña visita al médico de urgencias que tuvo la poca deferencia de no cursar una baja para el resto de la tarde, y la insistencia del jefe de que somos un equipo y que soy tan importante que no pueden prescindir de mí -un simple administrativo- ni un par de horas si no es estrictamente necesario -y que agradezca que esa hora en el ambulatorio no me lo van a descontar-, y como el médico decía que sí podía trabajar, pues nada, que eso de la tarde libre ni que me lo planteara, volví a mi puesto de trabajo, listo a currar y rascarme a partes iguales, ambas cosas concentraban casi el cien por cien de mi cansada consciencia.
Al poco rato de llegar al trabajo, cuando estaba ya casi seco de la constante lluvia que me tocó, una vez más, cruzar, y tras rascarme unos minutos ante el PC lleno de "espías" gracias a trabajar en una estación con un sistema caduco en su planteamiento, me dirigí a la máquina fotocopiadora, que está en una habitación propia, separada de nuestro departamento -es de uso común de varios departamentos-, y grande mi sorpresa cuando encontré a la que llamaba, hasta entonces, “cariño” y presentaba como “mi novia”, enrollándose con uno de los lameculos del jefe. En serio, hubiera preferido que se líe con el jefe, con cualquiera del trabajo -hasta con Iñaki- antes que lo hiciera con el pelota. Una trepa peor que el pelota.
No dije nada, no monté el pollo ni mucho menos. Ella comenzó a suplicar perdón primero, y luego a gritarme por lo “poco hombre” que era al no decir ni pío. ¿Qué quería que dijera? ¿Qué podía hacer? Ella había roto la relación, mejor dicho, yo había descubierto que ella no cumplía con su parte. No había nada que mencionar o precisar en ese momento. No me interesaba por qué narices se acostaba con otro, puesto que su vida sexual dejaba de resultar interesante ante mis ojos, en tanto que yo ya no sería parte de la misma. Y eso le sentó mal. Y fue peor que gritarle, pedirle explicaciones, o partir la cara al mamón del pelota. Mucho peor. Sumaba una nueva mosca cojonera a quienes, de una forma u otra, buscaban joderme. Y ya Iñaki comenzaba a exasperarme. En la calle, seguía lloviendo.
El día, entre personas comentando nuestra ruptura y contándose los gritos que nunca pegué, las palabras que nunca se pronunciaron y las cosas que se supone que ella me hizo y que yo le hice -hasta me enteré que me acostaba con la ex del pelota y con la hija del jefe, y yo sin saberlo-, transcurría sin demasiadas novedades. Hasta que se agotó el último de los toners. El jefe, que cuando un departamento que le cae bien falla, culpa a otro, decidió que los de mi zona éramos el demonio gastador de toner -en un día que ni usamos la impresora- y me tocó ir por uno “mientras tanto” de una gran superficie.
Pensé que estaba bien, que así me relajaba una media hora. Seguía lloviendo. Se me olvidó que el buen día no era tan bueno y que los chorizos no descansan los días de lluvia. Abnegados son quienes se dedican a robar, no dejan pasar ningún día, no existen festivos ni malos días para el trabajo de campo. Un robo normal y corriente, salvo por el hecho de que el dinero dado por el jefe se fue a la porra y tuve que ir a la comisaría para realizar la denuncia y demás. Y apareció el jefe en el local de la policía, y decidió contar jocosamente cómo me habían dejado ese día ante toda la empresa como justificación de mi idiotez por dejarme robar. Las miradas de los policías de “no me importa o concierne, pero eres un pringado” me penetraron como el mayor de los insultos. Las risitas que alguno soltó -más por la forma en que lo contaba el jefe, hay que reconocerlo- me ofendieron más que la propia infidelidad. Una tontería, lo sé. Pero el subconsciente no es razonable.
¿Qué más les puedo decir del día? El metro falló, el paraguas se rompió por completo, la lluvia me empapó, el casero decidió visitar el piso para comprobar que todo estaba como era debido, la lluvia seguía y seguía tocando, ahora sí, las narices, y la televisión, que nunca da nada bueno, decidió no dar nada más, se estropeó la condenada, privándome del último reducto de desconexión a un puñetero día que, de haberlo sabido, habría evitado que comenzara.
Así es la vida. O eso dicen.

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